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A LOS VIAJEROS

 

Queremos homenajear y dedicar estas letras a todos aquéllos viajeros de buen corazón que hacen de viajar su forma de vida, que cuentan sus experiencias sin más intención que el deseo de compartir esa felicidad propia y especialmente a los que hemos conocido en persona o seguido muy de cerca por la Red, inspirándonos, enseñándonos y animándonos a ir más allá, demostrando que podemos hacerlo:
Bikecanine, por abrirnos horizontes, por sus buenos consejos y su aptitud positiva.
Anina Anyway, porque cada día demuestra que también se puede viajar entre las letras y los pensamientos.
Viajando con gofio, los vecinos que con coraje y tesón nos enseñan que se puede vivir una ilusión, cumplir un sueño y que viajar en bici (o Tri) no es solo para jovencitos.
Vivir en Ruta, una pareja que ha sabido enfrentarse a sus miedos y vivir la vida que ambos decidieron, desbordando simpatía.
Dos bicis sin destino, por dejarnos entrever que no suele haber destinos malos, sino prejuicios exagerados.
Sola en bici, por demostrarnos que una mujer puede llegar a donde quiera.
Y a todos aquéllos que se hayan cruzado o no en nuestro camino y hacen que este Mundo mejore un poquito.
¡Va por vosotros!


Para ganar no me quedé sentado en el suelo
Ni dormí cada día hasta tarde para aprender a volar
Al apagarse la luz, no me detuve para vencer el miedo
Para acercarme a los sabios no me dediqué a enseñar.

Para llegar a lo que para mi era el cielo
Para aprender de nuevo a escuchar
Para saber que no solo existe mi nombre
Para vivir como quiero, me dispuse a viajar.

Y no todos los días son maravillosos
Ni todo en el camino me puede gustar
A veces los días son fríos o también pueden quemar
Oigo en ocasiones quejas de hastío
O voces que no quiero acallar.

Se preguntan un día ¿qué sentido tiene?
Los que solo se atrevieron a soñar
Y les digo, desde donde yo sueño
Que cada día que nace la vida empeño
Por vivir lo que sueño en cada despertar.

Me pierdo en un Mundo que se antoja
Más grande cuanto más llego a conocer
Y me parece tan pequeña esta vida
Para plasmarla en mi cuaderno de papel.

Mi historia ya no es tan solo mía
Es la tuya, la nuestra y también la de él
Cruzándose cuando menos lo esperas
En los caminos que siempre quedan por recorrer.

Y te elegí a ti para este camino
O tal vez fuiste tú quien me eligió sin saber
Que este sería nuestro destino
Donde volveríamos a nacer.

UN ENCUENTRO ESPECIAL

"¡Heyyyy!, ¿qué pasaaa aventureros?!!!"

Me permito empezar esta entrada con este saludo para contaros lo que fue este encuentro tan ESPECIAL en el que conocimos a BIKECANINE (autor de este conocido saludo en sus videos de Youtube).

Como sabéis no somos aventureros de esos que lo han dejado todo y se han ido a recorrer el Mundo indefinidamente (que tampoco decimos que no pueda llegar a ocurrir). Nuestras aventuras suelen estar limitadas en el tiempo por nuestros trabajos. Pero eso no quiere decir que nos las disfrutemos tanto como el que más. Sin embargo, conocer a gente que si ha hecho esto y vide de forma nómada, donde su casa está cada día bajo un techo diferente, aunque este sea la fina tela de una tienda de campaña o el mismísimo cielo estrellado es siempre un estímulo y una experiencia que no debemos ni queremos desdeñar. 

Y por supuesto conocer a BIKECANINE (Pablo y Hippie), esta vez acompañados de Patricia, ha sido una gran experiencia. Conocimos de primera mano sus aventuras, compartimos anécdotas y vimos que Pablo es exactamente como aparece en sus videos. No es un actor que dice una cosa delante de la cámara y luego detrás cambia totalmente. El guión que sigue, no es otro que el de su propia vida; la vida misma, con sus constantes y sus variantes, con sus cosas buenas y las malas, con sus momentos alegres y no tan alegres... al fin y al cabo la vida que él ha elegido vivir. Y hippie lo sigue incondicionalmente por este extenso y maravilloso Mundo.

Pablo me pareció una persona sencilla, con las cosas claras, dispuesto a compartir, enseñar, y por supuesto a aprender. Porque por muchos años que llevemos haciendo algo, siempre tendremos cosas que aprender por delante... y eso él lo sabe y lo acepta. Pero  la humildad no sumisión, y Pablo me pareció un tipo que no se amilana ante adversidades ni "normas sin sentido", que cumple cuando es necesario y que se enfrenta a ellas cuando también lo es.

Compartimos algunos kilómetros, mucha conversación y unas pizzas (que por cierto estaban riquísimas) y como no, algunas risas, y sin duda es un tipo que vale la pena conocer. 

No quiero despedir esta estrada sin mencionar a Patricia que estuvo unas semanas compartiendo ruta con Pablo y Hippie por Lanzarote y Fuerteventura.  Magnífica conversadora, y sin duda con un espíritu aventurero de lo más despierto. 

No cabe duda que esto es solo mi opinión, y que para gustos hay colores, pero personalmente fue una experiencia muy positiva compartir ese día con ellos y, quién sabe, calvez alguna vez volvamos a coincidir en las carreteras.

¡Ánimo! y... que el Mundo sea tu casa, los mares tu bañera, los bosques tu jardín, los desiertos tu solarium, las montañas tu televisión y los ríos el lugar donde... pongamos las cervecitas a enfríar.

 

 

LA SIERRA DE LA DEMANDA EN BICI – MINIAVENTURA-

La Sª de la Demanda en Bici

DÍA 1.

¡Pero que frío! No, si ya losabía, pero una cosa es saberlo y otra sentirlo.

Que raro sentirse nervioso horas antes de empezar un viaje en bici. Sobretodo cuando piensas que ya eres un experto, que ya has hecho un montón y que con la experiencia que tienes, ya estas curado de espanto. Pero da igual,las horas antes, con todo empaquetado (incluida la bici para subirla en el avión) empiezas a sentirte nervioso y a pensar que llevas demasiadas cosas pero que, sin embargo, hay algo importante que te dejas atrás. Pero solo son los nervios propios del comienzo de una nueva aventura.

 Y al final, tras planear decenas de rutas, enlaces, ideas y desatinos, me decanto por salir de Segovia y tomar rumbo norte hasta adentrarme en las Sierra de la Demanda o, en su caso en la Sierra Cebollera… ya iría viendo. Todo iba a depender de mis fuerzas (mermadas por la falta de entrenamiento, todo hay que decirlo) y por las previsiones meteorológica que, aunque eran de días soleados y sin precipitaciones, daban unas temperaturas mínimas muy bajas, rondando cada noche los cero grados centígrados. ¿A quién se le ocurre rodar por unas de las provincias más frías de la geografía española, justo cuando dan esas previsiones? Pues a mí, entre otros muchos locos del cicloturismo.

Con todo ello, me veo despidiéndome de mi hermano con el Acueducto de fondo, a tres graditos, forrado de ropa a más no poder.

Para calentar comienzo con una cuestita para salir de Segovia. No pasa nada, me viene bien empezar despertando mi cuerpo.

Poco a poco me voy olvidando de que las piernas duelen, y me voy fundiendo con el paisaje, adaptándome nuevamente a la postura cicloturista, a dejar que mis energías se fundan con el paisaje y a formar parte de éste, aunque el amarillo de mis alforjas luchen contra este camuflaje artificial que me invento para hacer parecer éste texto algo más poético.

Sin embargo, y pese al frío, me voy enamorando de la mezcla de colores; tierras rojizas y ocres, de cielo azul, de arboles grises, marrones y verdes que van regando el suelo por donde paso de una alfombra caduca de hojas de mil formas.

Transito solitario, ahora por carretera, ahora por caminos, siempre tranquilos entre sombras frias y soles que apenas calientan. Mi ritmo es lento; las horas también y cuando ya atardeciendo descubro que el lugar donde pensaba acampar no es apropiado me doy cuenta que estoy muy cansado, que el sol casi está desapareciendo del cielo y que la temperatura está bajando de forma drástica a una una velocidad a la que mi cuerpo no se adapta. Tomo decisiones rápidas, sopesando mi estado de forma y la situación que me rodea.

Trece kilómetros distan hasta el lugar que elijo para dormir. Pero ya es noche cerrada, mis luces, tenues y mi conocimiento de la carretera y los caminos es nulo. Sigo pedaleando ya por inercia. Conozco mi cuerpo. Se que lo peor sería parar. Tengo frío. Mucho frío. Un frío que ya no viene de fuera sino de mi propio interior. Tirito. Los músculos de mis piernas empiezan a quejarse y calambres intermitentes acuden a mis brazos y piernas. Me equivoco de camino, me detengo breves instantes, tomo algo azucarado, unas nueces y mi último plátano antes de volver sobre mis rodadas para tomar el correcto. Cuando ya mis fuerzas amenazan seriamente con abandonarme y lo único que soy capaz de notar es frío a mi alrededor por fin diviso el pueblecito. Tan solo unas pocas casas, un bar, una gasolinera y el hostal rural que reservé dos horas atrás. Algo se enciende en mi alma. Una llamita, mezcla de puro orgullo, alegría y ganas de descansar y entrar en calor.

¡¿Qué es esto?! – me indigno. El hostal aparece sin luces, todo apagado. Todo cerrado. Ni un alma. Toco el timbre. Nada. Pego mi cara temblorosa a sus ventanas. Nadie. Ya ni soy capaz de contener la forma cada vez
más exagerada de tiritar.

¡Tengo que entrar en calor!. ¡Y rápido! – pienso mirando hacia el bar. Cuando localizo una nota con el número de teléfono del responsable del hostal.

Tras un par de intentos de marcar el número con mis dedos insensibles, logro ponerme en contacto y tras una espera de 10 minutos que se me hace eterna, mi “salvación” llega en forma de empleada del hostal, en su día libre, que muy amablemente me abre la instalación, me entrega la llave de la habitación y de despide con un hasta mañana y una disculpa por el frío que hace, como si la pobre tuviera culpa de la meteorología o de mi irresponsabilidad de viajar en bici a esas horas y con esas temperaturas.

Muchas gracias. No se preocupe. Y gracias de nuevo. – realmente siento agradecimiento al empezar a notar que estoy a resguardo.

No me pareció una ruta dura, ni muy larga. Pero confieso que no empecé muy preparado, salí demasiado tarde y el día es muy corto en estas fechas, a lo que se sumó la bajada tan rápida de temperatura, de unos doce a tan solo dos grados, terminó con lo poco de cicloturista aguerrido que tenía ese día.

Lo siguiente fue una ducha caliente. Muchas capas de ropa. Náuseas, que apenas me dejaron comer. Mantas. Agua. Dormir. Más mantas. Una hora. Ya sin náusea. Zampar. Y por fin, ya con el calor recuperado y el estómago lleno. Dormir hasta la mañana siguiente.


DÍA 2.

Me levanto descansado. Antes, me quedo en la cama mirando al techo. Solo unos minutos. Lo mínimo para repasar el día de ayer. Salgo de la cama. Me siento con fuerzas y ánimos.

Pronto estoy de nuevo en el camino. Decido seguir una carretera  secundaria y tomar por pistas de tierra cada vez que pueda. No me apetece carretera. El día soleado pero frío. Como ya lo esperaba. Hoy quiero pasar por algunos pueblos antiguos, de aspecto medieval. Los conozco de otras veces, pero me apetece visitarlos nuevamente. Mi primer descanso y aperitivo… En Riaza. Allí en su plaza porticada, al sol por supuesto, me dejo a penas calentar por éste mientras como algo y me tomó un café. Poca gente en sus calles. Me agrada la tranquilidad pero esperaba ver más gente en este pueblo.

Al poco de salir de Riaza, tomo una pista de tierra, rojiza, que me hace pensar en ríos de ardiente lava. Lo que sea por no pensar en el aire frío. después de alguna cuesta y mucha pista, diviso allá abajo, el pueblo de Ayllón. Entro en su casco antiguo por su característica puerta medieval. que de repente te traslada a esa época de caballeros, carromatos, caballos, reconquista y guerra contra los “moros”. Me traslado con la mente a una época en que viajar era realmente peligroso y complicado y me comparo con esos viajeros intrépidos que en su caballo, mula o jamelgo se adentraban en bosques y caminos, repletos de bandidos, prófugos y salteadores en pos de otros lugares; pagando peajes en los puentes, durmiendo a la intemperie, forjando los caminos que aún hoy día seguimos nosotros en nuestras bicicletas.

Me quedo unos minutos, sentado junto a su fuente de cuatro caños, escuchando como brotan de ellos un agua fría y limpia; lentamente, sin prisa, con la paciencia que los siglos le ha imprimido dejando la marca del tiempo en sus piedras ocres.

Otra vez en la carretera, el paisaje cambia pronto. voy dejando atrás los caminos rodeado de árboles y hierba verde y me voy adentrando en inmensas llanuras de tonos rojos, ocres y a veces moteados de piedras y rocas blanquecinas. La carretera, pese a ser una nacional, lleva poco tráfico y el arcén es amplio, así que puedo rodar con tranquilidad sin que me preocupe demasiado por los vehículos motorizados y así llego a San Esteban de Gormaz. . Lo diviso a lo lejos y lo reconozco por su característica pared rojiza y amarillenta bajo la cual se van asentando sus edificios, aquí y allá, de forma un tanto arbitraria, buscando los huecos entre las heridas de la erosión. Solo me queda cruzar el Duero y entro en la pequeña “ciudad” que antaño fue lugar de ilustres Señores feudales, caballeros, escudos y blasones. Antiguas historias se cuentan de este lugar. Por aquí pasaron caballeros como el conocido Rodrigo Díaz de Vivar, el afamado “Cid Campeador” o Don Pelayo, en sus luchas de reconquista. No obstante, fue tierra fronteriza con los musulmanes durante mucho tiempo.

Me encanta llegar a estos lugares tan llenos de historia, haciéndome sentir a la vez tan importante y tan humilde sobre mi bicicleta.

Es pronto. He rodado más rápido de lo que pensaba y aun me quedan dos horas y media de luz. Suficiente para seguir hasta el Burgo de Osma y buscar allí alojamiento. Me doy prisa en comer algo y ponerme en camino pues mo quiero que la noche vuelva a cogerme en la carretera y el frío me llegue hasta los huesos.

Lo hago a buen ritmo, casi todo por la misma carretera. apenas sin tráfico. Las temperaturas empieza a bajar pero en menos de una hora diviso desde lo alto el Burgo y ya solo me queda una agradable bajada hasta allí de la que disfruto, no sin antes ponerme algo más de abrigo.

El Burgo de Osma o Ciudad de Osma, a orillas del río Ucero es otra bellísima ciudad medieval, más grande y poblada que las que he visitado hoy, lo que no acorta su belleza y tranquilidad.  Pedalear al lado del río, a los pies de los restos de sus murallas y vigilados por su Castillo es paseo inexcusable y dejo sus calles interiores para un paseo a pie, cuando ya la noche se me ha echado encima.

Mañana la etapa que me espera es sin duda más aventurera, pues ya no conozco la zona a la que voy. Así que tras trastear en mis alforjas, ceno bien y me voy a la cama temprano.


DÍA 3.

Tras un buen desayuno abandono el Burgo de Osma. Como sigue siendo la tónica de estos días, un día despejado y soleado me acompaña. Pero ese sol parece de mentira. Apenas logra calentar el día que sigue siendo muy frío.

Salgo un poco a la aventura, porque aunque sé la dirección que quiero seguir, no he decidido la ruta. En principio tomo una carretera secundaria dirección Norte hacia Ucero, pero me desvío pronto, convirtiéndose esa carretera en una pista de tierra allanada pero muy suelta en ligero ascenso. Esta pista, que al rato ya no es tan aplanada, se va estrechando, mientras se adentra un  largo, larguísimo valle que discurre en ascenso entre hayedos, hayedos, álamos, y cada vez más arboles de hoja perenne y caduca que hacen que el lugar no sea para nada aburrido. La nota negativa es que el camino, más bien parece el lecho seco de un arroyo, y que su firme… pues no es tan firme. Las ruedas de la bici se entierran en una especie de grava de pequeñas piedras redondeadas, una y otra vez, llevándome, incluso, a tener que bajar de la bici y empujarla varias veces durante cientos de metros. A la hora y media de ir en este sube y baja constante, sin que haya visto ni un alma, ni un pueblo, ni una casa, me entra la desesperación y grito “joder no se va a acabar nunca”. Pero nadie me va a oír. así que reseteo mi cabeza y me doy cuenta que no tengo prisa, que el lugar es hermoso, que simplemente debo seguir el ritmo que la naturaleza me manda. Entonces empiezo a disfrutar más de la ruta.

Así termino saliendo de ese camino muchos kilómetros más al norte y voy enlazando con pistas, adentrándome en bosques, cruzando arroyos,  buscando siempre la Sierra que ya empiezo a notar a cada pedalada.  cuando me doy cuenta llevo varias horas sin cruzarme absolutamente con nadie, entre bosques y colinas realmente bellas. Me siento feliz.

Un cartel de madera me anuncia cercano el pueblo de Calatañazor, que al poco diviso al fondo de una carretera asfaltada y recta.. Calatañazor corona insigne, antiguo y soberbio un acantilado que sobresale al final del valle, con su torre medieval y su muralla de piedra amarillenta, testigo orgullosa de estar perdida en medio de ninguna parte y sin embargo, longeva y bella, dominando su territorio desde hace siglos.

Al principio dudo si seguir de largo y que quede su impronta solo como foto en mis cámaras, pero pronto desdeño esa posibilidad y decido pedalear la empinada cuesta que me adentra en su interior. Me hubiese arrepentido si no llego a entrar. Si por fuera era excitante, desafiante, y llamativa, por dentro no le va a la zaga. Vuelvo a transportarme de nuevo a la edad media y no se si sentirme un Cid Campeador o un Quijote enamorado de estas tierras Castellanas.

Un trocito de carretera nacional, muy cerquita de Soria, y luego una comarcal toda recta, larga, larguísima, superlarga… ¡que carajo! y más larga, me acerca llaneando por unos páramos altos, hasta un mirador desde el cual diviso Abejar y al fondo el Embalse de la Cuerda del Pozo. Me viene muy bien recuperar fuerzas y agua, puesto que llevo los botes vacíos. Pronto me doy cuenta de que lo segundo no va a poder ser. Abejar se me hace extraño. No veo absolutamente a nadie en las calles. Vacío. Un pueblo fantasma parece y las dos fuentes que logro encontrar no me dan ni una gota de agua. Empiezo a sospechar que la sequía de la que hablan todos los noticieros está siendo especialmente fuerte en esta zona, si no lo es en toda la península. Sin duda corroboro esto último cuando alcanzo el embalse. Es desastroso. Apenas un hilo de agua transcurre por lo que antes debió ser un lago hermoso. Veo los restos de un antiguo puente de piedra que debía llevar muchas décadas sumergido y que ahora, queda a la vista envuelto en lodo, como diciéndonos que seguirá resistiendo ya sea bajo el cielo o bajo el agua a cualquier embate de la vida.

Pronto llego a Molinos de Duero. Hermoso pueblo, a orillas del hermoso Duero, donde por fin la empedrada fuente de un solo caño, me regala su sabroso y cristalino líquido. Descanso, ahora sí y repongo mis fuerzas comiendo una lata de legumbres, esta vez sin calentar y devoro ansioso un plátano mientras espero a que abran la única panadería del lugar. Mientras he de decidir si sigo al norte, hacia Vinuesa y la Sierra de la Cebollera o al oeste, hacia Covaleda y la Sierra de la Demanda. Opto por ésta última, tal vez condicionado por el cansancio y la rápida bajada de temperaturas que como ya es usual acompaña a esa hora de la tarde.

La panadería no abre y abandono pues el pueblo, acompañando el curso del Duero por es un valle cerrado en el que penetro ahora, casi sin llanos lo que va a dificultar encontrar un buen sitio donde dormir. No es mucho más el camino que recorro, cuando me desvío y encuentro un lugar donde esconderme de la carretera a pasar la noche.

Tranquilidad, atardecer entre las montañas, frío y un buen té caliente me acompañará tras montar el campamento. Pierdo la cuenta de las capas de ropa que me pongo para pasar la noche. Me acurruco en mi tienda y cierro bien el saco de dormir. No me cuesta caer dormido en la oscuridad de un cielo estrellado y el silencio del bosque. Como una nana que me arrulla para compulsar que pese al esfuerzo, no se puede ser más feliz.


DÍA 4.

Despierto cuando las primeras luces del alba alumbran mi tienda. La noche fue fría, quizá algo incómoda por las múltiples capas de ropa con las que me vi obligado a dormir. Salgo del saco, no sin remolonear un poco, para recoger todo y desayunar con tranquilidad. La sorpresa de la mañana fue encontrar la tienda y la bici cubierta por completo de escarcha, lo que me obligo a ponerlas al sol para que se derritiera y no ir, al menos, con la tienda empapada.

Pese al frío, los días siguen siendo soleados y con poco viento. Diríase que el Sol se queda sin batería y apenas logra alumbrar sin dar calor. Por supuesto,  este tiempo me favorece durante las largas jornadas de pedaleo, pero en el fondo estoy deseando que llueva, pues la sequía está asolando toda la península.

Mientras se seca la tienda, termino de recoger y empaquetar todo lo demás, dejando el lugar tan limpio como lo encontré. En estas andaba cuando encontré un trozo de rama en el suelo que me hizo recordar al cicloviajero “Bikecanine” y su magnífico palo que usa como burra de la bici. Toca pues emularlo y me hago con esta rama, lA limpio de su áspera corteza y me agencio lo que hace ya tiempo empecé a llamar “palo bikecanine”.

Me pongo en marcha, cuando ya el Sol se encuentra alto en el cielo, pero no he andado ni cuatrocientos metros cuando un vehículo se para delante de mi y se baja un hombre que se dirige decidido hacia mi. “¡Oh vaya! me parece que el dueño del terreno donde acampé viene a echarme la bronca”, pensé. ” A ver que rollo le suelto”.

Nada más lejos de mi pensamiento, el señor me pide con amabilidad un bolígrafo, pues tenia que apuntar un número de teléfono urgentemente antes de olvidarlo. Yo, perplejo y con cara de atontado, saco un bolígrafo de la alforja de manillar y se lo cedo. El hombre agradecido, vuelve al coche y me dice “espera que quiero enseñarle algo”… y yo otra vez asombrado pienso “ahora es cuando saca la escopeta y se lía a tiros por invadir su propiedad”. Pero no, no pasa nada de eso. Por el contrario me enseña una cadena de madera hecha de una sola pieza, de unos 20 o 30 eslabones. El verdadero trabajo de alguien paciente, dejándome nuevamente pasmado ante lo que para mi es una obra de artesanía. Tal vez el hombre se sentía orgulloso de su habilidad, o tal vez esperaba que le ofreciese algo por la cadena, o simplemente, se sentía agradecido y quiso compartir unos minutos, sea lo que fuere, estos momentos nunca te van a pasar en casa tirado en un sofá, yendo siempre en coche, ni viendo día tras día, las mismas cosas, los mismos lugares y a las mismas personas. “Una cosa más por la que me entusiasma viajar en bici” me digo.

Bosques, fuentes de agua helada y deliciosa, pequeños pueblos, y más bosques, con el telón de fondo de los Picos de Urbión, me llevan poco a poco, en casi “eterna subida” hacia mi destino, el pueblo de Neila, ya metidos en la Sierra de la Demanda.

Con el paso de las horas voy acusando el cansancio de los kilómetros acumulados. Para colmo los últimos Kilómetros son de una subida constante, cada vez más empinada, dejando el río Arlanza a mi derecha. Sigo subiendo y subiendo, la tarde se va echando encima, las piernas van quejándose y además las rachas de viento gélido se van haciendo frecuentes a la par que la altitud crece. Aún así, decido desviarme para visitar las lagunas de Neila a unos 1800 metros de altitud para después bajar al pueblo del mismo nombre.

Las vistas de las lagunas prometen ser algo excepcional y empiezo decidido las cuestas que me llevan hacia ellas. Pronto empiezo a arrepentirme, cuando veo que las pendientes son brutales e interminables. A ratos tengo que hacer zigzags por la carretera de un lado a otro para poder avanzar y otras, debo bajar de la bici y empujar casi ya sin fuerzas. En cada curva espero que se acabe la subida, para encontrarme , desesperanzado que la empinada subida continúa, a veces incluso más empinadas. Por momentos creo que me va a sobrevenir la temida “pájara” del ciclista y debo parar, tomar resuello e infundirme ánimos.

Las piernas empiezan a avisar de que poco aguantaran antes de darme un calambre; estoy sudado y el aire frío no ayuda a nada a la situación, tanto que empiezo a pensar en desistir, cuando de repente, la empinada cuesta se convierte en un pequeño llano, con aparcamientos y carteles informativos. Respiro hondo, y veo que para llegar a las lagunas más altas hay que seguir al menos dos kilómetros con iguales desniveles. Pero por suerte, hay una laguna  un poco más baja, a la que se llega prácticamente llaneando. No quiero tentar más a la suerte y decido ir hacia esa laguna, la Laguna de la Cascada. En poco tiempo y con un pequeño esfuerzo extra, me adentro por una pista de tierra rodeada de un bosque de pinares, con restos de nieve y algo de hielo en las zonas más sombrías.

Casi me explota el pecho de alegría cuando me encuentro de bruces con la laguna… ¡HELADA!, rodeada de un circo de grandes acantilados, vigilada por ejércitos de pinos.

Me quedo un rato flipado, escuchando la brisa cepillando las ramas de los árboles, los pájaros picoteando sus troncos; mirando la increíble belleza del lugar, y disfrutando, todo hay que decirlo, del orgullo que siento por haber sido capaz de llegar. No deseo romper el momento, pero la noche se echa encima y el frío va aumentando por minutos.

Inspecciono el refugio de montaña que hay a los pies de la laguna. Ciertamente lo veo en buenas condiciones. Hay madera, es grande y… no hay nadie más. Tras unos momentos de duda, pues temo al frío que pueda hacer esa noche, decido quedarme en el refugio y no bajar al pueblo. Tengo montón de ropa, saco de dormir y leña, así que si puedo mantener un fuego durante gran parte de la noche, igual no me hielo como el agua de la laguna.

No hay sensación más especial que encender un fuego y pasar al calor de éste, una noche fría después de una dura jornada. Un grupo de personas, charlando, contando historias  o riendo alrededor de una hoguera, una buena comida cocinada a las brasas o como en este caso o dormitar al calor de la llama, tienen ese componente especial,  que convierte cualquier momento en mágico.

Mantengo el fuego avivado durante la noche, pero… de repente oigo unos ruidos. Son como pasos amortiguados por la tierra. Me quedo muy quieto, sin moverme para escuchar mejor. Los oigo nuevamente. No logro distinguir si vienen de fuera del refugio, pero dentro estoy seguro de que estoy solo, así que tras oírlo por tercera vez, salgo del saco y decido echar un vistazo fuera. Fuera y lejos de mi fuego, el frío es intenso. Me armo con mi “palo bikecanine” y en la otra mano la linterna. sin embargo no veo ni siquiera indicios de ningún animal merodeando… mucho menos de una persona. Vuelvo dentro, tranco como puedo la puerta con unas piedras, que si bien no la bloquean, al menos hará ruido si alguien o algo intenta abrirla. Paso un rato escuchando, pero no oigo el extraño sonido, por lo que al rato,  ayudado por el cansancio y el calor del fuego, vuelvo a dormirme.

No obstante, bien entrada la noche, despierto de nuevo casi a oscuras a causa del extraño ruido. Me levanto con rapidez… enciendo la linterna y enfoco a todas partes. Nada. La puerta sigue cerrada, la bici en su lugar, y la hoguera son solo brasas. El sonido cesa. He de avivar el fuego. Lo hago y durante un rato solo escucho el crepitar de las ramas secas que se queman lentamente. Me obligo a tranquilizarme y doy por hecho que es algún animal merodeando por el exterior, así que, confiando en que si el animal es suficientemente grande para abrir la puerta metálica del refugio, mis piedras bloqueadoras harán que me despierte con tiempo suficiente para hacer ruido y ahuyentarlo. Agotado, vuelvo a caer dormido, envuelto en mi saco, al calor de recién avivado fuego.

 

 

 

¿Cómo comenzó este proyecto de Enrutados Bike?

Bienvenidos a nuestra web de “EnRutaDos Bike”.

Este proyecto comenzó de forma casi casual. Al principio solo pretendíamos realizar unos videos y poder compartirlos con nuestros familiares y amigos que se encontraban lejos. ¿Que mejor manera de hacerlo que publicándolos en algo red social?. Pero  el problema era que no teníamos ni idea de usar las redes sociales más allá de ser un sencillo usuario medio. No teníamos ni idea de como funcionaba Youtube,  o Instagram, a penas usábamos Facebook y ni por asomo teníamos la menor idea de como hacer una página Web.

Hasta este momento solo nos dedicábamos a editar videos en un sencillo programa de windows y los cargábamos en pendrive para esperar, semanas o meses y aprovechar una visita a familiares o amigos y enseñárselos. Pero ese sistema en la era de la informática y de la comunicación digital se nos antojaba obsoleta, lenta y a veces podía resultar aburrida.

No había otra solución. Nos tocaba aprender y ponernos las pilas. Así que nos empapamos de videos de formación, de cursos On line, de experimentar con el método de error y acierto. Muchas horas, tras el ordenador, hurgando en los editores de video y aprendiendo como funcionaba Internet y sus redes sociales.

Hemos de reconocer que aún nos encontramos muy verdes y seguimos aprendiendo día a día, pero llegó el momento en que nos sentimos con fuerzas para abordar esta enorme tarea y poco a poco fue creciendo, no ya solo en nuestra mente, sino también de forma física, este proyecto.

Por fin, mejorábamos nuestros videos, nos entendíamos con las posibilidades de Youtube, nos adentramos en los entresijos de la edición de una Web propia, al tiempo que seguíamos nuestras pequeñas aventuras y viajes en bicicleta.

Debemos agradecer a otros viajeros que hemos conocidos sus consejos, su tiempo contándonos sus experiencias y por supuesto a todos los que nos han seguido y nos siguen en nuestras redes y en Youtube, con sus ilustradores comentarios, que nos hacen seguir adelante día tras día.