AVENTURA EN MARRUECOS. Del desierto a las montañas

AVENTURA EN MARRUECOS. Del desierto a las montañas

23 febrero, 2019 Desactivado Por Tony

Día 1. Madrid - Ouarzazate

Es curioso como los planes van cambiando según los vas planeando y, la mayoría de las veces, el resultado no tiene mucho que ver con la idea primigenia. En esta caso el plan era empezar en Tánger en solitario y bajar hasta Marrakech y al final empezamos en Ouarzazate y llegamos hasta Fez y además acompañado. Al menos el país es el mismo: Marruecos.

Mi primer encuentro con Cristóbal fue comedido, ambos contactamos por esta web y hablamos de nuestros estilos de viaje y de las cosas en que podíamos coincidir o en las que podríamos chocar; no obstante comenzar un viaje con alguien totalmente desconocido puede ser un verdadero fracaso. Así que sin compromiso alguno de permanencia, nos encontramos en el aeropuerto de Madrid-Barajas para comenzar este viaje juntos sin saber ninguno de los dos si lo acabaríamos también juntos.

El vuelo se hizo corto y la llegada a Ouarzazate sin problemas. Aproximadamente una hora en el control de pasaportes y, tras inspeccionarme uno de los bultos con mucho interés, pues el guardia de aduanas pensaba que llevaba un dron (equipo éste, prohibido en Marruecos), logré por fin en orar en el país. Eso si, he de decir que la corrección del guardia fue exquisita.

Llaman a Ouarzazate la ciudad de «las puertas del desierto», debido a que por ella pasaban antiguamente muchas caravanas de comerciantes provenientes del desierto, en dirección a las ciudades más importantes de Marruecos. Pero para ser «las puertas del desierto», Ouarzazate nos recibe con lluvia. Refugiados bajo unas pequeñas carpas a la salida del aeropuerto nos dedicamos a montar las bicis. A Cristóbal le llega un eje de la rueda torcido, pero que podemos enderezar sin demasiadas complicaciones. Ese día nos da para poco más que buscar un alojamiento, dar un paseo por la ciudad y tomar nuestro primer té a la menta y cenar un buen tajín de verduras o un cuscús.

Ouarzazate nos recibe con lluvia.

Día 2. Ouarzazate - Kelaat M'Gouna

El segundo día, o primero de pedaleo. Por un lado empiezo con la emoción de la nueva aventura, esa sensación contenida de semanas o meses pensando en este viaje, planeando, leyendo, preparando material y eligiendo rutas que tan importante es para mantener nuestra mente ocupada y no rendirnos a la ansiedad de no estar viajando. Sin embargo, reconozco que me siento algo cohibido por las enormes diferencias que ya, nada más llegar, encuentro con mi país. Aún así, me gusta. Me agrada esa sensación de que no todo es igual, de que hay tantas cosas por aprender, por descubrir; tantas cosas diferentes dentro de todo lo que nos asemeja. Los pueblos por los que pasamos son tranquilos y apacibles por las mañanas, pero conforme va entrando la tarde, poco a poco se van convirtiendo en centros de una actividad frenética, donde circular por la calle se convierte en un sálvese quién pueda entre ciclomotores, bicicletas, turismos, especies de tus tus, camiones e infinidad de taxis; pero también carros de tracción animal, de los cuales no siempre tiran mulas o burros sino, a veces, sus propios dueños. Aquí no abundan los grandes supermercados, ni las extensas superficies cerradas de tiendas y centros comerciales sino un montón de «epiceries» (pequeñas tiendas) que surgen en cualquier parte, donde puedes encontrar una gran variedad de productos expuestos (o no) sin orden aparente. Pero no te preocupes si lo que buscas no está ene esa tienda, en seguida aparecerá corriendo el vecino de otra tienda y te traerá o te conducirá hasta lo que buscas, repitiéndose esta especie de ritual hasta que hayas conseguido lo que buscabas o, en su defecto, algo muy parecido. 

El cambio de Ouarzazate a Skoura es grande. Skoura no aparenta ser un lugar para turistas. Como mucho pasaran por allí sin pena ni gloria o se alojaran alguna noche en alguna de las casbas convertidas en albergues. Es un oasis de miles y miles de palmeras y decenas de casas, la mayoría en ruinas, donde las calles sin asfaltar se llenan de barro cuando llueve o se convierten en verdaderas polvaredas los días más secos. 

Hacemos una parada en un café, con solo algunas personas locales allí sentados, sin prisas. Debemos colocarnos una mesa y sillas de las que se hallan apiladas para poder sentarnos y disfrutar de un nuevo té. Las tiendas que llenan toda la calle principal, son como pequeños almacenes con viejos carteles los unos o sin ningún tipo de publicidad los otros, que varías desde «boucheries» (carnicerías), con sus piezas de carne colgando sin protección ni refrigeración alguna, hasta talleres en los que parecen arreglarse lo que hiciera falta. Los puestos de frutas, de dulces, de baratijas y de toda clase de productos, nuevos o usados; las panaderías, los cafés y otros tantos, rellenan el resto. Algunos de estos puestos o locales parecen totalmente abandonados hasta que te acercas a ellos, momento en el cual, sin saber casi de donde, aparece alguien y te atiende esperando hacer un buen negocio.

Es domingo y durante la jornada de ruta vemos extrañados que en cada pueblo y aldea aparecen por cada esquina niños y adolescentes por doquier. Sin duda es una país con una gran población joven, con pocos recursos y, seguramente con una forma de ver la vida totalmente diferente a la nuestra. Nos enteramos más tarde que el Gobierno de Marruecos ha adoptado el sistema europeo, por lo que declara que los domingos son festivos, pero en realidad, solo se hace efectivo en organismos oficiales, escuelas y bancos.

Tenemos algunos encuentros e incidencias, entre ellos un pinchazo, y el vadeo de una riada que sobrepasaba con fuerza la carretera. Tras valorar la situación determinamos que el agua llevaba suficiente fuerza como para poder hacernos caer y arrastrarnos, así que paramos a una furgoneta Pickup que sin pensarse dos vedles nuestra solicitud de ayuda, nos subió las bicis a y nosotros mismo encima y nos cruzó amablemente.

Llegamos tras 92 kilómetros a Kelaat M’Gouna. Una ciudad de unos 11.000 habitantes que nos recibe con bellísimas vistas Del Valle, con una imponente casa presidiendo el fondo de unos acantilados. La ciudad se encaja en en El Valle y poco a poco te adentras en ella hasta que, sin darte cuenta, te encuentras en el centro, algo más moderno pero que recuerdo a Skoura en su forma de funcionar. Hay que andarse con cuidado y vigilar al circular o cruzar las calles. Los carros de vendedores con sus mercancías ocupan algunas calles; la gente va de un lado para otro mezclándose con los vehículos, pero no pasa inadvertida la cantidad de gente, sobretodo hombres, parados en cualquier sitio, aparentemente sin hacer nada o simplemente fumando o tomando té.

Los hoteles con suntuosos nombres tales como «Hotel Grand Atlas», «Hotel Royal», etc, no son más que vetustos edificios, sucios y mas cuidados que alojan a quién quiera por unos pocos dirhams. Cuchitriles, que los llamaríamos aquí que, sin embargo, contrastan con la amabilidad de sus encargados o recepcionistas y con el empeño, eso si, de que no falte ni un solo dato en el registro de la ficha de policía.

Después de un día largo y tantos kilómetros recorridos, lo único que queremos es comer y descansar y poco nos importan las características de nuestro alojamiento de esta noche.

Día 3. Kelaat M'Gouna - Tinghir

Estoy cansado. Las piernas se quejan y las noto pesadas. Más de 50 kilómetros luchando contra el viento no se lo deseo a nadie. Esto fue lo que sufrimos nada más abandonar Kelaat M’Gouna, ciudad situada a las puertas Del Valle de las Rosas, lugar donde se cultiva la rosa damascena o damasquina, una rosa muy resistente al frío y a la sequía, características que la hacen idónea para que se cultive en todo el valle.  Con esta rosa se fabrican jabones, cosméticos y el agua de rosas, que se usa a su vez para crear diferentes perfumes. Enfilamos la carretera dirección a Boulmane Dadés, por donde seguimos disfrutando de las vistas de las construcciones de adobe, las casbas y las zonas verdes de regadío que nos distraen la vista mientras rodamos. Los niños continúan saliendo aquí y allá de cualquier parte y uno no puede dejar de preguntarse porqué no están en las escuelas o qué horarios tienen estas, cuando los ves pululando durante toda la mañana.

En Boulmane, sobre la parte alta de la ciudad, las vistas son magníficas. El verde valle se encaja entre las montañas rojas y los acantilados rocosos que me hacen rememorar películas de desiertos y oasis, como si yo fuera uno de sus actores.

Pero el placer acabaría pronto. Cuando salimos de la ciudad, de repente nos encontramos en una extensa meseta desértica, despoblada y pedregosa, sin horizontes definidos. La carretera es recta, larga, interminable; rodeada de… de desierto. Solo algún pastor con su rebaño de cabras se divisa en el paisaje lejano de vez en cuando. A nuestra derecha, montañas rojizas y más allá las cumbre nevadas del Alto Atlas. A la izquierda, unas montañas más bajas y negruzcas del Jabel Saghro difuminadas entre la calma. Todo sería más agradable si no fuera por el fuerte y frío viento que sopla en contra. Sin la protección de la vegetación de los valles más fértiles o de las montañas mas cercanas, aquélla meseta erosionada donde el viento me va quemando la cara, se va convirtiendo metro a metro en un reto demasiado extenuante como para poder disfrutar al 100%. Aún así, me gusta y estoy contento de estar aquí. No lo cambiaría por casi nada… bueno sí, si hay algo que empiezo a pensar que si cambiaría: el peso de mis alforjas. No puedo creerme que me haya pasado de peso otra vez, tal y como me pasó en mi anterior viaje. Tomo nota mental para el próximo. No puedo, ni deseo cometer nuevamente ese error.

A duras penas llego a Tinghir, tras 73 kilómetros de ruta extenuante, sobre todo los últimos 53. encontramos un hotelucho barato (7 euros la noche), bien ubicado, y al bajar de la bici empiezo a sentirme mal. Son los síntomas de una «pájara» chunga y antes de que empeore, me siento a la sombra, bastante mareado. Algo de chocolate y agua, y un pequeño descanso hace que me sienta mucho mejor 20 minutos más tarde. Sin embargo, el aviso es importante. Debo ir con cuidado, pues si bien las dos etapas se han alargado bastante, son las de menor desnivel. Por delante aún nos queda unas ascensiones importantes hasta los 2700 metros antes de llegar a Agoudal.

El día termina con una visita al concurrido zoco de Tinghir. Una curiosa visita donde todo se vende y se compra, ya sea nuevo o viejo, usado o super usado, roto o reparado, fresco y no tan fresco; fruta, verduras, carnes, ropa, herramientas, electrodomésticos, vistas de casetes, deuvedés, copas, vasos, teteras, cafeteras, sillas, tornillos, neveras, alfombras, cortinas, dulces, pan, móviles, baratijas, carteras, bolsos… de todo lo que puedas imaginar se compra, se vende o se intercambia.

La cena en Tinghir la hacemos en un lugar privilegiado, con vistas a casi toda la ciudad. donde disfrutamos del atardecer antes de empezar a subir a las montañas.

Día 4. Tinghir - Aït Hani

Al amanecer oímos en la lejanía el canto del muecín. Aún está oscuro. La ruta de hoy está prevista que sea un tanto más ligera que las kilometradas anteriores. Sin prisas salimos de Tinghir, previo un beun desayuno. El objetivo de hoy, las gargantas del Todra. Para llegar a ella, vamos dejando a nuestra derecha verdaderas ciudades de adobe, la mayoría en ruinas, antiguos vestigios de lo que antaño debió ser esta ciudad. El paso del tiempo y el descuido está favoreciendo que estas hermosas ciudades vayan desapareciendo paulatinamente. Intercalándose con estas hermosas y antiguas construcciones, el fértil valle nos muestra un verde intenso de palmeras, adelfas, naranjos y otros frutales, amén de cultivos de tubérculos, verduras y legumbres. 

El día comienza caluroso y la primera subida en zig zag, la que nos acerca a la garganta, se hace lenta y pesada, pero las vistas cuando llegas a una zona alta, merecen la pena, mezclando el verde del enorme oasis con el ocre de sus edificios con un fondo de montañas rojizas que bañadas por el Sol se recalientan poco a poco. Encuentro a mi compañero de viaje —que avanza más rápido que yo—, charlando animadamente con unos vendedores de pañuelos y turbantes que apostados en un lugar estratégico, esperan pacientes la llegada de autobuses, caravanas de 4×4 o motos, cargados de visitantes y turistas. Dedico unos minutos a hacer fotos mientras la conversación continúa en un batiburrillo de idiomas, algo que se va convirtiendo en el día a día de nuestras conversaciones con los locales.

Avanzamos y nos adentramos con lentitud en el valle que se va cerrando sobre nosotros, estrechándose mientras enormes farallones de roca roja se cierne sobre nosotros por ambos lados. Niños y jóvenes nos saludad, sobretodo en francés, pero también en árabe. Algunos piden sin vergüenza alguna “¡dirhams, dirhams!”, en ocasiones con desmedido descaro. La jóvenes o las mujeres, en cambio, solo saludan si antes las has saludado tú a ellas utilizando la fórmula en francés “¡bonjour, ça va?!” A lo que solemos responder educadamente “va bien, et toi?”; después ya casi no podemos oír nada más mientras nuestras bicis siguen avanzando.

Tomamos un descanso en una de esas pequeñas tiendas con un gran cartel en la puerta que pone “SHOP y FRUIT”, con la esperanza de comprar algo de fruta pero, nuestro gozo en un pozo; allí venden toda clase de productos envasados y decenas de tipos de galletas pero de “FRUIT”, nada de nada. Así que salimos de allí con yogur, pan, algunas galletas y algo de agua embotellada.

La entrada a la garganta del Todra, que se produce en seguida, es la parte más turística e impresionante. ¡Es increíble!. El agua discurre cristalina entre las sombras que las enormes paredes proyectan sobre nosotros. La garganta se ha estrechado y te sientes encajonado entre unos inexpugnables muros haciéndote sentir como un minúsculo ser de la naturaleza que, al pensarlo más detenidamente, te das cuenta de que es lo que eres en realidad: una pequeña e insignificante parte de la enorme naturaleza que, sin embargo, nos empeñamos en destruir.

Pero la garganta no acaba ahí. Seguimos su curso dejando atrás los pocos turistas —realmente pensé que estaría más concurrida— que la visitan y ascendemos sin pausa durante varios kilómetros. La belleza del lugar es imponente, aunque ya no corre agua por su cauce que debe seguir corriendo por el subsuelo.

Una mujer con su burro, sobre el que monta una niña de corta edad, me hace señas para que pare y me pide, al igual que los niños de esa mañana, dirhams. Me quedo sin saber como responder, en realidad me da cierto corte o vergüenza, pero sigo pedaleando. No soy alguien dado a dar limosnas. No me importa pagar un precio justo, incluso algo más de lo razonable o ser generoso con gente que lo necesita, tal vez a cambio de el más nimio de los servicios o productos, pero ¿dar limosna tan solo por el hecho de ser europeo o turista?. No, no es algo qu eme mueva ni me induzca a la pena. Tal vez no he parado a meditarlo el tiempo suficiente y esté equivocado, pero nunca me he sentido bien dando limosna porque no creo que eso sea bueno, ni mucho menos lo mejor que pueda hacer por estas personas, a la que, tal vez solo con eso le soluciones un día más, aunque tal vez sea eso lo que necesiten. Tan solo un día más.

Desde que llegamos a Marruecos y en este trayecto lo puedo verificar más concienzudamente, se ven principalmente tres clases de animales. Por un lado, y deambulando por cualquier parte, los perros. Estos aparecen en casi cualquier lugar, sin amos, solos, buscándose la vida, rebuscando entre la basura o esperando en alguna sombra,  pacientemente que alguien les eche algún despojo. Casi todos ellos comidos de pulgas o, más desafortunados, devorados poco a poco por la sarna. Por otro lado, los burros. Este animal se usa muchísimo, tal vez más que los coches en algunas zonas, como animal de carga, como medio de transporte o como ayuda en el campo. Algunos los vemos pastando al lado de las carreteras —no digo en las cunetas, porque no he visto ni una sola—, en un campo cercano o portando su carga a lo. Largo de carreteras, caminos o barrancos. Por último, el tercer animal que domina estas tierras es la cabra. Éstas aparecen en los más inverosímiles lugares, cruzando carreteras o haciendo equilibrios imposibles sobre los acantilados, siempre con la presencia cercana de algún pastor bereber. 

Llegados al pueblo de Tamtatoucht, en el que vuelven a aparecer las casbas y las casas de adobe, donde vive gran parte de su población, ya sentimos el cansancio y decidimos parar unos minutos. El color ocre de todos sus edificios contrasta con el colorido de las puertas de sus casas, que suelen adornar con figuras geométricas pintadas de colores llamativos o con la vestimenta de las mujeres que, enfundadas en sus hijabs o velos, visten colores intensos, rojos, morados, verdes, azules o amarillos con multitud de estampados en sus túnicas.

A la salida del pueblo, un hombre mayor que se encontraba sentado, junto a su mujer, en lo que podríamos llamar el patio de su casa —un trozo de terreno de tierra apisonada rodeado de una fila de piedras— nos ofrece, un té. No nos viene mal descansar un poco más y aceptamos gustosos. Con amabilidad desbordante, nos sacan unas sillas y mesas de plástico y la mujer, cuya boca desdentada, no le quita predisposición y simpatía entra en la casa a preparar el té mientras el hombre, del que sabremos después que se llama Said, se queda conversando con nosotros. Y allí nos vemos a nosotros mismos, tomando un típico té a la menta marroquí, y no solo eso, sino que somos agasajados con pan y aceite entre risas y una conversación difícil, a veces incomprensible,  mezclando francés y gestos, lo que no es óbice para que el hombre nos enseñe algunas palabras tales como “sahan” o “sucram” que no es otra cosa que “gracias” en bereber y árabe respectivamente. He de confesar que pocas más puedo retener debido a lo difícil que me resulta pronunciar esos idiomas.

Nos despedimos de Said, de su mujer y de su nieto, de pocos años —que apareció por allí saludándonos con muchísimo respeto— ofreciéndole algo de dinero por el refrigerio. Le dimos 10 dirhams cada uno —unos dos euros en total— considerando que es más o menos lo que hemos pagamos por un desayuno en la mayoría de los lugares. Debió parecerle bastante porque la mujer entró para sacarnos dos piezas enormes de pan que casi nos obligaron a llevarnos, insistiendo casi hasta el enfado, a pesar de nuestras negativas puesto que no nos cabían en las alforjas. Finalmente, nos llevamos el pan.

Salimos contentos de este magnífico contacto y continuamos el ascenso por extensísimas llanuras de piedras y vegetación rastrera, un ascenso que se me hace muy duro por el cansancio que ya acarreo en las piernas.  Para colmo, el sol comienza a desaparecer, ocultado por una masa de nubes negras que aparecen a mi espalda. Ya nos había advertido Said, que hoy llovería y, una vez más, debo reconocer que no hay nada como los lugareños del lugar para predecir la meteorología. 

A mi frente aparece un nuevo zig zag en ascenso, con unas cuestas que se me hacen matadoras y rompepiernas, mientras escucho los primeros truenos. Intento acelerar el pedaleo para intentar , por lo menos, pasar el terrible zigzag antes de que caigan las primeras gotas, pero mis piernas no pueden dar más de si. Me duelen mucho y la cuesta parece alargarse más u más con cada golpe de pedal. “Un poco más” me digo a mi mismo y otro trueno suena, esta vez mucho más amenazante. Cuando faltan unos 200 metros para coronar la subida, diviso un edificio y “rezo” por que pueda refugiarme en él si  finalmente me alcanza la tormenta. No he terminado de pensar en esto cuando empiezan a caer sobre mi enormes goterores helados acompañado de un repentino y fortísimo viento en contra que frena mi bici hasta casi dejarme parado. Dudo por unos instantes en bajar y empujar la bici, pero debo intentar llegar al edificio cuanto antes y continúo pedaleando. A 150 metros cae ya con fuerza y empiezo a mojarme y el viento me da ahora de lado y casi me tira de la bicicleta. A 100 metros, siento un frío repentino e intenso que me hiela hasta los huesos mientras la lluvía ya cae de forma regular y constante. A 50 metros, veo como Cristóbal, mi compañero de viaje en esta aventura, sale del interior del edificio dándome ánimos a gritos cuando por fin llego a la parte alta de la terrible cuesta. El edificio es un pequeño albergue, ubicado en lo alto de una meseta y en medio del desierto a 15 kilómetros de Tamtatoucht y a 3 kilómetros de Aït Hani. Rápidamente nos refugiamos bajo su techo y un joven nos saluda. Respiro tranquilo, algo mojado, agradeciendo haber encontrado este refugio antes de acabar empapado bajo la tormenta. 

Mientras esperamos a que la lluvia pase, el chico, que no es otro que el responsable del albergue, nos cuenta que en Aït Hani no hay alojamientos. Además, este albergue, en medio del gran páramo desértico tiene unas vistas, es acogedor y se respira una tranquilidad enorme que no nos vendrá nada mal para descansar. Nos gusta y tras un pequeño regateo con el precio, conseguimos una habitación para cada uno, incluyendo una tortilla bereber para la cena. 

Pero lo más curioso es cuando preguntamos por una ducha caliente y nos dicen que debemos esperar una hora antes de ducharnos. Extrañados aceptamos para descubrir después que el motivo no es otro que el que deben calentar el agua con una caldera de leña.

Pasamos una tarde agradable, con divertidas conversaciones con el chaval del albergue y unos amigos que vinieron a visitarlo mientras la temperatura del lugar va bajando conforme la noche va cubriéndolo todo. Aunque había pensado acampar, la noche se sigue presentando tormentosa y comienzo a pensar que fue un error traer la tienda de campaña y cargar con ella,  puesto que acampar con lluvia y frío en este tipo de llanuras embarradas, no es plato de buen gusto.

Día 5. Aït Hani - Agoudal

La noche fue fría. Muy fría. Pero no nos faltaron mantas que echarnos encima y descansamos bastante bien.  El Sol, a pesar de amanecer despejado, parece no tener ganas de calentar y a eso de las ocho de la mañana ya estamos en camino. A nuestro alrededor, solo desierto. Llanuras rocosas hasta donde alcanza la vista y a nuestro frente, las montañas que tenemos que subir. A pocos kilómetros del albergue donde pasamos la noche se encuentra el pueblo de Aït Hani, que a esas horas parece casi desierto. Un bar, vacío nos sirve para tomar un desayuno barato pero revitalizador. El pueblo no es muy grande, pero parece ser que toca mercado y mientras tomamos nuestra desayuno, se va llenando de gente y ruido, así que en vez de seguir por la carretera decidimos adentrarnos en el pueblo empujando las bicis y pasar por el centro del mercado. 

Es curioso ver estos mercados ambulantes donde se compra y vende las materias primas que los habitantes de la zona necesitan para vivir. Me llama la atención de los puestos con enormes sacos de harina, semillas, frutos secos; verduras, frutas y legumbres que se venden al por mayor. Latas de sardinas o atún, todo tipo de galletas y chocolatinas, dátiles   bañados en miel, tortas, buñuelos, dulces varios; herramientas nuevas y viejas, camisetas, calcetines… e infinidad de materias primas. 

Los hombres conversan ruidosamente, compran y venden, van y vienen en sus scooters, mulas, burros o tirando de carros y la tranquilidad de la que disfrutábamos hace un rato en el desierto ha desaparecido ante tal bullicio. Pero como dije antes, el pueblo es pequeño y pronto volvemos a la carretera y al silencio.

Sin embargo, algo se queda dando vueltas en nuestra cabeza, una sensación extraña, algo que no podemos llegar a explicarnos y que nos hace pensar profundamente en ello. Algo faltaba en las calles y el mercado de Aït Hani: mujeres.

No hemos visto ni una sola mujer paseando, comprando o vendiendo mercancía ni por el mercado ni por el pueblo. Pero no tardaremos en verlas, a las afueras del pueblo, en los sembrados, arando la dura y pedregosa tierra; en los ríos lavando la ropa o en los caminos conduciendo el ganado, transportando enseres o acarreando enormes garrafas de agua. 

No es que no veamos también a hombres trabajando en el campo, pero sin duda el las mujeres doblan a éstos en número.

Me lo habían dicho. Es ahora cuando empezamos a notar la “presión infantil”. A veces sin casi esperarlo, de cualquier rincón, aparecen un montón de niños. Algunos tan solo te saludan, otros te persiguen corriendo y casi todos te gritan. Ya nos habían aparecido antes, pero es que cada vez aparecen más. La población infantil, sin duda, en estos pueblos de la montaña es enorme y aparecen por todas partes. A veces grupos de 15 ó 20. Muchas mujeres jóvenes cargan con bebés, enrollados y atados con una especie de manta a la espalda de sus madres, mientras te miran asombrados sin articular palabras o ruidos. Las niñas, suelen ser más tímidas, se suelen quedar más cerca de sus madres  o no gritan tanto al decir las “palabras mágicas” —stylo, dirham o bombon— casi siempre detrás de los niños, como si supieran de sobra que su lugar es ese, como si personas de segunda se tratara. Pero, ¿qué digo cómo si fueran…? Es que aquí, en general, lo son. No logro entenderlo, al igual que no logro entender muchos de los actos de mis congéneres los seres humanos.

Entonces en cuando pienso que tan estúpido podemos ser y que cada cual saque sus conclusiones porque no pienso decir aquí nada más sobre esto.

Nuestro camino sigue y más pronto que tarde comenzamos un duro ascenso. Largo. Recto. Empinado. Hace frío y sin embargo sudo. Y sigo avanzando, lento, muy lento. Cristóbal pronto se desmarca y envidio una vez más que viaje tan ligero de equipaje. Pronto lo he perdido de vista. Cada pedalada se me hace pesadísima y tengo que poner todo mi empeño en no desfallecer, cuando tan solo acabo de empezar.

Continúo subiendo. Un metro, otro, y otro más. Sigo subiendo y tengo que hacer un esfuerzo por no mirar la altitud en mi GPS para no desesperarme. Así dejo atrás las largas rectas para tomar el vaivén de curvas que ascienden hacia Tiz n’Tirherhouzine, un puerto a 2.700 metros que significará el punto de inflexión donde comenzará, o así lo creo en ese momento, la bajada hasta Agoudal. El tiempo parece haberse parado, no así las nubes que ahora lo cubren todo. Cuando quiero darme cuenta estoy rodeado de niebla, no se cuánto he subido ni se cuantos kilómetros me quedan para llegar al punto más alto, pero no puedo más y debo echar pie a tierra. Me recupero, pero pronto debo volver a empujar la bici. Así varias veces.

Hace cada vez más frío. Sin duda debe ser la altitud que voy ganando para Colomo de males, empiezo a notar gotas frías cayendo sobre mí. Rápidamente, pues ya he tenido la experiencia de como empieza a llover aquí de forma repentina en tan solo unos segundo, me pongo mi chubasquero y tan pronto como lo abrocho, el cielo parece caerse. Pero no cae “agua”, o por lo menos no agua líquida, lo que cae es granizo. Y ahí estoy yo, en medio de la peor subida en bici de mi vida, helado de frío, sudando por el esfuerzo, agotado y cayéndome un pedazo de granizada que no me da la risa, no se ni porqué. Sin embargo, me pongo a grabar videos y hacer fotos, y a hablar solo, creo que hasta emocionado mientras las capas de ropa y el casco me protege del granizo a falta de cualquier lugar donde refugiarme.

Pero no ha acabado esta especie de calvario voluntario. La pendiente continúa y admitiendo el granizo como parte de la aventura, intercalo momentos de pedaleo y empuje de la bici según mis cansadas piernas me lo permiten. No sabría decir cuanto tiempo estuve así. Intentaba pensar en otras cosas, pero cuando me doy cuenta, ha dejado de granizar y un coche que venia bajando, un desvencijado Renault se para a mi lado y me pregunta en inglés con acento francés si todo me va bien, que mi compañero está esperándome en la cima y que ya solo me quedan dos kilómetros. Se lo agradezco pero odio que me haya dicho la distancia que me queda. Os aseguro que han sido los dos kilómetros más desesperantes y a la vez los más deseosos de hacer desde hace muchísimos años.

Llego al puerto. El Sol ha vuelto a salir y siento un alivio enorme cuando noto que la pendiente se vuelve llano. Pero no hay momento apoteósico. No hay foto junto al cartel del puerto, porque no hay cartel, no hay clímax novelístico, tan solo veo a un vasco con chaquetón azul que me grita,

—¡Lo que no cuesta no vale nada!

No puedo más que sonreír y chocar las manos con mi compañero de viaje dando por concluida una de las etapas más duras de este viaje.

La ruta hasta Agoudal es magnífica. Unos 12 kilómetros de bajada casi constante, con curvas que serían las delicias de un motero si no fuera porque a veces los baches en la carretera te hacen estar muy atentos a la misma. Los paisajes pasan rápidos y caprichosas formaciones rocosas adornan el camino hasta la aldea. Aún así, durante el descenso, vuelve a nublarse y vuelve a granizar, pero ya con menos intensidad que la anterior. Dejamos otra vez el desierto atrás y enseguida nos adentramos en el valle donde se asienta en pueblo de Agoudal. El verde hace de nuevo su aparición, los árboles, los frutales, y los campos de cultivo a ambas riveras del pequeño río adornan un pueblo de barro y adobe, de humo saliendo las chimeneas de las casas con tejados de tierra, de mujeres que asisten a un velatorio con sus trajes típicos de la zona, combinando colores vivos con fondos negros, de hombres en chilaba, de burros cargados de mercancías, de niños correteando detrás de nuestras bicis, de ancianas hilando la lana de las ovejas como se hacía siglos atrás, de calles embarradas que te llevan hasta misteriosas casbas fortificadas; de familias comiendo con la mano derecha, rebañando con pan recién salido de su propio horno un tajín de cordero, mientras hablan de sueños, de vida, de tradiciones y de costumbres, sin prisas, pues el tiempo casi no existe.

Yo desde mi perspectiva me siento abrumado. Todo es tan diferente a mi mundo. Me siento tan fuera y sin embargo tan afortunado de poder estar allí, poniendo mis cinco sentidos en cada esquina de una calle, en cada puerta de una casa, en cada té que saboreo, en casa charco que piso e incluso, en cada “stylo” que me piden.

La jornada ha sido dura y nos gusta el pueblo, así que decidimos quedarnos en un albergue que compartimos con unos moteros de enduro que llegarían esa misma noche, después de haber granizado toda la tarde, volviendo blanco un paisaje natural y cultural que nos ha cautivado e hipnotizado pero que, a la vez, nos ha hecho reflexionar.